Memorias perturbadoras/memorias autocríticas: revisión de la izquierda revolucionaria en la narrativa de Horacio Castellanos Moya

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Teresa Basile
Universidad Nacional de La Plata, Argentina


Si los trabajos en torno a la memoria se han focalizado en gran medida en las “víctimas” de dictaduras, genocidios o diversos sistemas de dominio y sometimiento —que en América Central se vinculan con la extensa presencia de gobiernos militares o con el denominado “genocidio guatemalteco”, así como en el Cono sur se centran en las dictaduras de la historia reciente—, en cambio aquí proponemos indagar las “memorias perturbadoras” (Alessandro Portelli 2013) como una vía para explorar el universo de los movimientos revolucionarios, la entraña de los “buenos”, de los “idealistas”, de los “progresistas”, de los que se convirtieron en “víctimas”: de allí su carácter “perturbador”. Se trata de una perspectiva que desde la posición de alguien vinculado a los movimientos de izquierda o que compartió las propuestas revolucionarias, ahora lleva a cabo una autocrítica desde el interior del universo de la izquierda. Abordamos algunos textos de la narrativa de Horacio Castellanos Moya para analizar las “memorias perturbadoras” de la izquierda revolucionaria centroamericana, lo que supone revisar desde una mirada autocrítica aquellos acontecimientos, ideales, valores, hábitos y mitos, así como ciertas figuras y perfiles subjetivos que caracterizaron sus propuestas y sus prácticas durante las últimas décadas del pasado siglo.

Palabras clave: memorias perturbadoras, autocrítica de la izquierda, Horacio Castellanos Moya


 

No hay héroes posibles cuando la tempestad
ocurre en un oscuro mar de mierda
                                             Roque Dalton

Memorias perturbadoras/memorias autocríticas
La narrativa de Horacio Castellanos Moya explora las “memorias perturbadoras” de la izquierda revolucionaria centroamericana, lo que supone revisar desde una mirada autocrítica aquellos eventos y acontecimientos, aquellos ideales, valores, hábitos y mitologías, así como ciertas figuras y perfiles subjetivos que caracterizaron sus propuestas y sus prácticas durante las últimas décadas del pasado siglo. Nos referimos a una perspectiva elaborada por alguien que perteneció de uno u otro modo a los movimientos de izquierda –o compartió o apoyó en diverso grado las propuestas revolucionarias–, y que ahora lleva a cabo una autocrítica desde el interior del universo de la izquierda.1 Si los trabajos en torno a la memoria focalizan en gran medida a las “víctimas” de dictaduras, genocidios, o diversos sistemas de dominio y sometimiento –y en América Central se vinculan con la extensa presencia de gobiernos militares o con el denominado “genocidio guatemalteco”, así como en el Cono sur se centran en las dictaduras de la historia reciente–, en cambio las “memorias perturbadoras” exploran el universo de los movimientos revolucionarios, la entraña de los “buenos”, de los “idealistas”, de los “progresistas”, de los que se convirtieron en “víctimas”: de allí su carácter “perturbador”.

En una conferencia dictada en la Universidad Nacional de La Plata, en 2013, Alessandro Portelli contrapuso la memoria monumento –tranquilizadora y autorizada– a la memoria perturbadora –negada y reprimida–. La primera suele ser practicada por las instituciones para la conmemoración de las glorias del pasado a través de una narración que sólo recuerda aquello que enorgullece, borrando las sombras y contradicciones del pasado, y a nivel de la memoria personal nos ayuda a configurar una identidad sin fisuras, que nos deja satisfechos y en paz con nosotros mismos, para seguir siendo lo que hemos sido. En cambio, la memoria perturbadora recuerda las zonas más molestas, provoca incertidumbre y nos intranquiliza. En el registro del relato oficial de la historia nacional, la memoria perturbadora tiende a iluminar no las victorias, ni los héroes, ni las hazañas, sino las zonas de ruptura de la armonía nacional, el rostro del bandido detrás del héroe, el desorden que con su violencia y sus costos precede al nacimiento o transformación de la Nación y se oculta detrás de él –“la violencia, la guerra, las contradicciones de las cuales nace la nación quedan sepultadas en el sótano del olvido” (5)–.

Portelli proyecta su concepto de memoria perturbadora en el análisis de ciertos momentos claves de la historia italiana en los que se produce una refundación nacional, como por ejemplo en la gesta de Garibaldi y en los partisanos de la Resistencia. En ambos casos la memoria perturbadora es la contracara que se oculta detrás de la memoria fundacional, es parte del momento de ruptura traumática y de violación del orden anterior que acarrea toda dinámica del nacimiento de las naciones, es el costo de la constitución de un nuevo orden que luego desea olvidarse para no perturbar la naciente armonía. El núcleo que me interesa retomar es aquel que desarrolla Portelli en torno a las memorias perturbadoras de los partisanos, desde sus actos de violencia en medio de la lucha hasta el uso de métodos de violencia radical como la “‘ignominia de las foibe’, las cavidades cársicas en la frontera oriental donde los partisanos yugoslavos arrojaron en fosas comunes miles de italianos, no todos fascistas, que mataron entre 1943 y 1945” (7). Portelli sugiere que si estas memorias no son reconocidas, entonces pueden ser apropiadas por el enemigo fascista de hoy o por los terroristas fanáticos para sus propios fines (7).2 En el horizonte de la memoria personal de los partisanos la exclusión de estas memorias provoca dolorosas disociaciones dentro de la conciencia de sus protagonistas –“Era como si tuviéramos un escudo alrededor, casi como si nos quisiéramos defender de esta cosa, porque era una cosa tan anormal para personas como nosotros” (8), recuerda María Teresa Regard–.3

Me interesa recuperar el sintagma acuñado por Portelli –“memorias perturbadoras”– para rastrear aquellas zonas oscuras y problemáticas de los movimientos revolucionarios en América Latina en sus diferentes configuraciones. Pero a su vez es necesario señalar el carácter crítico y autocrítico de estas memorias que se traen a la luz para iniciar un trabajo sobre las mismas. A partir de este marco general indagamos algunos de estos nudos conflictivos de la izquierda armada centroamericana en los textos de Horacio Castellanos Moya, teniendo en nuestro horizonte (aunque lejano e inabarcable) la presencia de estas mismas memorias perturbadoras en disímiles casos a lo largo del mapa latinoamericano. Esto significa reconocer cuáles son los núcleos perturbadores que reaparecen a lo largo del proceso de la autocrítica e interrogar cuáles son los trabajos y usos de estas memorias.

Estas memorias perturbadoras revisan críticamente ciertos núcleos ideológicos en torno al empleo de la violencia armada como vía de transformación político-social y ponen en cuestión ciertas perspectivas de la guerrilla, tales como: la teoría del foco, las relaciones entre los medios y los fines, el vínculo entre la violencia y la política, las diferencias entre el socialismo real y el imaginado, la peculiaridad de los contextos político sociales en América Latina, el menosprecio de la izquierda revolucionaria por el sistema democrático, la estrecha concepción del Estado como un mero aparato de represión, el rechazo de la política, la “ensalada ideológica”, el aislamiento de las masas, el verticalismo y autoritarismo de los cuadros dirigentes y su falta de diálogo interno, el desprecio por el mundo de la vida privada, la familia, los afectos y emociones frente a la valoración de la militancia. Cuestionan, además, las ideas-fuerza, las mitologías y la matriz religiosa que sostenían, fundamentaban, legitimaban y movilizaban a los militantes, tales como: los grandes relatos emancipatorios, el mesianismo de sus proyectos, las figuras del “sacrificio” y del “martirologio” como modelos del guerrillero, las éticas austeras y las fuertes normas que regían sus comportamientos, entre otros.

En un posible corpus de textos ligados a las “memorias perturbadoras”, los de Horacio Castellanos Moya resultan inestimables ya que, como veremos, iluminan dos de los eventos más sombríos de la guerrilla salvadoreña, calando además tanto en su matriz religiosa como en diversos aspectos de su ideología y de sus prácticas político-guerreras. La narrativa de Castellanos Moya parece, incluso, originarse e iniciarse a partir de la escena de ruptura de su propio vínculo con la izquierda salvadoreña, y por ello su literatura se vuelve el espacio de una continua deliberación y exploración de la entraña misma de la izquierda abordada desde el desencanto, la ira, la burla, el cinismo o la nostalgia a lo largo de su narrativa posterior.

Asimismo interesa el “trabajo” de estas memorias, el “uso” de ellas en el horizonte del presente, es decir, el valor que la revisión de estas memorias adquiere en el campo de la verdad, de la justicia, de la política y de los imaginarios culturales. ¿En qué consisten y para qué se configuran estas memorias perturbadoras? En principio, en muchas ocasiones responden a una demanda de verdad que busca esclarecer ciertos casos que han permanecido rodeados de tinieblas y asediados por múltiples versiones contrapuestas. Es también un imperativo de justicia que atañe a los victimarios y a las víctimas: encontrar y juzgar, dentro de los grupos guerrilleros, a los culpables de ciertos crímenes, así como también reconocer a las víctimas y en muchos casos limpiarlas de la condena de “traición”, tal como aflora en el asesinato del poeta Roque Dalton, cuyo caso merece aclararse, señalar a los culpables y liberar al poeta de las acusaciones de las que fue objeto. Toda una serie de actos de reparación para ciertas víctimas de la izquierda revolucionaria.

Pero también en algunas revisiones del universo de la izquierda revolucionaria se lleva a cabo una suerte de “autocrítica” –a través de la cual se analizan las propuestas ideológicas; los programas que diversos grupos elaboraron; las prácticas y acciones en el campo de la militancia y de la guerra; los mitologemas e imaginarios que sostenían a los grupos– para descartar aquello que está perimido y reactualizar lo que aún sirve, para reactivar algunas de sus ideas, para diagramar una nueva plataforma con la revisión y selección de algunos aportes de aquella experiencia, para recordar con melancolía o desencanto sus ideales, entre otras posibilidades. Una revisión político-ideológica –un trabajo con la memoria– necesaria para sondear el futuro de la izquierda en América Latina, de cara a un presente que se configura desde la revalorización de la democracia y de los principios de los derechos humanos. Como sabemos, el trabajo de la memoria es tanto un compromiso con el pasado como con el futuro.

Me interesa formular una distinción en el interior de estas memorias perturbadoras. Por un lado, en varios casos se examinan los errores o los aciertos tanto en las propuestas ideológicas como en las prácticas políticas y guerreras por parte de los grupos guerrilleros; tal es el caso, por ejemplo de la “critica a las armas” o de la conveniencia o no del foquismo, o del cuestionamiento del estricto sistema de obediencia y vigilancia. En cambio, ciertas memorias perturbadoras hurgan no en las propuestas sostenidas y defendidas públicamente por la izquierda armada, sino en aquellos momentos en que estas eran traicionadas en las sombras. Claro que con frecuencia ambas instancias se confunden, pero en el primer caso se trata de revisar el acierto histórico y los errores ideológicos o estratégicos de las propuestas programáticas de los grupos guerrilleros. En el segundo caso se abordan ciertos momentos en que esos mismos programas, ideas y valores eran traicionados en secreto por los mismos que a la luz del día los defendían. En el primer caso, es factible incluir ciertas víctimas que la guerrilla ejecutó y que podemos considerar como crímenes pero que en su momento respondían a los protocolos y prácticas guerreras de estos grupos; mientras que en el segundo, se trata de ciertas víctimas ejecutadas a traición por “peleas de egos” o por cuestiones de “faldas” entre diversos miembros de los grupos guerrilleros.

En Sobre la violencia revolucionaria (2009) Hugo Vezzetti señala la necesidad de discutir en torno al empleo de la violencia por parte de la guerrilla argentina, de evaluar sus crímenes y de reconocer sus víctimas –aun cuando los crímenes de la guerrilla no sean jurídicamente equiparables a los del Terrorismo de Estado– para arribar a una “memoria justa” y para incluso advertir sobre ciertas recuperaciones celebratorias del proyecto revolucionario de los setenta que desdibujan el núcleo duro de las prácticas de la violencia guerrillera. Luego de un primer momento centrado en las víctimas del Terrorismo de Estado, Vezzetti reclama abrir una segunda instancia en la que se discutan públicamente las responsabilidades de la guerrilla, lo que supone una ampliación de la memoria.4 Recuperar las memorias perturbadoras se inscribe en esta búsqueda de una configuración ampliada de la memoria.

La pérdida del aura revolucionaria
En La diáspora (1989) de Horacio Castellanos Moya es posible leer la escena crucial de la pérdida del aura del discurso revolucionario, la fractura de la fe en la militancia y en sus proyectos y el inicio del desencanto a partir de dos acontecimientos que exhiben la traición en el interior de la izquierda revolucionaria salvadoreña. En primer lugar, la novela gira alrededor del asesinato de la comandante Ana María (Mélida Anaya Montes), la segunda en el mando del FPL salvadoreño (Fuerzas Populares de Liberación), y del suicidio del comandante Marcial (Salvador Cayetano Carpio), el máximo jefe de dicha organización guerrillera, acaecidos en abril de 1983 (llamados los “sucesos de abril”). En segundo lugar, se recupera el ajusticiamiento del poeta Roque Dalton.

En los “sucesos de abril”, las primeras versiones dadas por el Ministerio del Interior de Nicaragua y por las FPL culparon a la CIA del brutal crimen de Ana María; a los pocos días se difundió un nuevo comunicado sobre el suicidio de Marcial, cometido ante el descubrimiento de la culpabilidad, en el asesinato de Ana María, de su lugarteniente y jefe de seguridad de las FPL, Rogelio Bazzaglia alias Marcelo; y finalmente, ocho meses después, las FPL acusan a Marcial de haber sido él mismo el principal promotor y responsable del crimen de Ana María. Hacia el final de la novela se suma el caso del poeta salvadoreño Roque Dalton, ejecutado en mayo de 1975 por sus mismos compañeros de militancia, los dirigentes del ERP salvadoreño (Ejército Revolucionario del Pueblo), acusado de ser un agente de la CIA. El brutal y sangriento crimen de la comandante, cuyo cuerpo presentó ochenta y dos picahielazos, el brazo derecho quebrado y un navajazo que le rebanó el cuello, y el asesinato a traición de Roque Dalton constituyen la escena matriz en gran parte de la obra de Castellanos Moya, es la escena traumática de la traición al interior de la izquierda revolucionaria que reaparece continuamente:

En varias ocasiones, Gabriel trató de imaginarse lo que el poeta sintió al saber que sus propios camaradas, aquellos a quienes les había entregado su vida, se disponían a asesinarlo como a cualquier perro traidor. Entonces Gabriel experimentaba escalofríos y lo asaltaba la idea de que todo era una broma macabra, el colmo de lo grotesco, una tragedia de trascendencia universal. (146)5

Como ya adelantamos, cierta crítica focaliza e indaga los errores, los costos, la falta de oportunidad, la ineficacia de las propuestas ideológicas y de la lucha armada en la aventura revolucionaria; es decir, critica los postulados y los avatares de sus enfrentamientos y prácticas guerreras. En cambio, La diáspora apunta su crítica no solo a los postulados sino, y en primer lugar, a la traición a estos postulados; señala la zona oscura y siniestra en la cual, quienes eran los compañeros de militancia se volvieron los victimarios, y con ello revela el nudo traumático axial en el interior de las memorias perturbadoras. Esta escena de lo ominoso se convierte en una obsesión en Castellanos Moya y reaparece en varios de sus textos. Constituye una traición caínica al pacto que anuda a la comunidad revolucionaria, una “caída” del paraíso de la militancia, y una culpa (mancha) que dará lugar a la “diáspora” dentro de la izquierda armada. El tinte religioso del término “diáspora” –que ocupa el título– apunta, a partir del exilio del pueblo judío de Israel, a las diásporas de grupos religiosos o étnicos por el mundo luego de haber abandonado la Tierra Prometida. En esta línea, Castellanos Moya recupera la lengua sacra y el imaginario bíblico para expresar la profundidad y gravedad de este quiebre que provoca el desencanto y la pérdida del aura revolucionaria.

Este proceso de desauratización solo es posible en tanto presupone un proceso inverso de encantamiento y sacralización que atañe al discurso revolucionario y a las prácticas de la militancia y de la guerrilla, ya señalado y analizado por varios estudios. Entre otros, Hugo Vezzetti (2009) recorre y explica la matriz religiosa del imaginario de la izquierda revolucionaria, que fundamenta y sostiene el empleo de la violencia armada derivada de un estado de exaltación religiosa, de efervescencia erótica en la cual el sujeto es capaz de actos de heroísmo sobrehumano o de barbarie sanguinaria. Pero no sólo justifica el empleo de la violencia, la matriz religiosa y cristiana se exhibe de un modo más general en el mesianismo revolucionario, que promete el nacimiento de una nueva sociedad y de un hombre nuevo. La revolución como un profundo corte temporal que anuncia la inminencia de una nueva era mientras clausura el pasado de un mundo viejo, corrupto, injusto, sucio, caído para dar lugar a otro más justo, íntegro y puro que se abre a la salvación. Lo que despliega un imaginario en torno a la purificación y a la redención.

Las relaciones de la religión cristiana con los procesos revolucionarios que recorrieron América Latina desde el caso cubano son complejos y en principio se cruzan dos perspectivas: por un lado, la refundación de la Iglesia cristiana latinoamericana como una vía para sintonizar con ciertas demandas de los movimientos revolucionarios y, por el otro, el proceso de secularización moderna que provoca, en muchas ocasiones, una resacralización de la política –de la revolución en este caso–.

El acercamiento de la Iglesia latinoamericana a los movimientos revolucionarios en la década de los 60 tuvo su origen, como sabemos, en el Concilio Vaticano II (1962-1965), un acontecimiento clave en el giro de la Iglesia hacia las luchas de los “condenados de la tierra”, alejándose de su larga e histórica vinculación con los poderes hegemónicos de las clases dominantes. Allí se puso en práctica un aggiornamiento que significó un vuelco desde el dogma hacia las demandas del presente, e implicó una reapertura de la Iglesia hacia los movimientos renovadores del mundo contemporáneo, reconociendo la legitimidad de importantes experiencias sociales de pueblos enteros y las aspiraciones de los sectores más pobres y oprimidos a emprender procesos de liberación (Cavillioti 1972 7). En la encíclica Gaudium et Spes se anuncia que la Iglesia debía "escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio" (Vaticano II 1988 43). Lo que condujo a una polarización de la Iglesia entre una postura preconciliar, apegada a posiciones conservadoras, y otra posconcilar que pugnaba por renovarse.

Este Concilio promovió un gran impulso transformador en ciertos sectores de la Iglesia de América Latina que indagaron y estudiaron las condiciones socio-económicas de la pobreza y la opresión de sus comunidades para denunciar las injusticias, explotaciones y privilegios impuestos por el capitalismo; que se acercaron a los movimientos libertarios apostando al socialismo y a la revolución como caminos de lucha más próximos a los valores evangélicos; que recuperaron un cristianismo primitivo interesado en anunciar “la buena nueva a los pobres”, destacando en sus análisis aquellos pasajes del Nuevo Testamento que hacen referencia al “potencial revolucionario de la ideología cristiana" (Cavillioti 1972 11). Camilo Torres y Hélder Câmara constituyeron figuras ejemplares de este sacerdocio de la Iglesia rebelde de América Latina, comprometida con las fuerzas populares en sus luchas por la liberación.

En este contexto, las resoluciones del Consejo del Episcopado Latinoamericano (CELAM) fueron mostrando signos de renovación desde su reunión en Buenos Aires en 1960; asimismo, se formaron grupos sacerdotales de impronta “rebelde” en diversos países, entre los que se destacaron la renovación de la Iglesia chilena con el ascenso de Frei y la Democracia Cristiana a la presidencia en 1962; el compromiso de la Iglesia brasileña y su oposición a la dictadura militar de 1964 que luego cobraría protagonismo con la figura de Hélder Câmara; la formación del grupo Golconda en Colombia; las formulaciones de la "Teología de la liberación"; el Movimiento de Sacerdotes para el tercer Mundo en Argentina; el clero progresista del grupo ONIS (Oficina Nacional de Información Social) en Perú; la participación del colombiano Camilo Torres, el “cura guerrillero”, quien se unió a la lucha armada renunciando a su estado sacerdotal para vivir de otro modo el “mensaje cristiano de amor al prójimo”, entre otros ejemplos.

Además existe otro tipo de vínculo entre la religión y la revolución que se enmarca en los procesos de secularización analizados, entre otros, por Hannah Arendt en Sobre la revolución (1963/2008) quien describe la separación de la Iglesia y la política que caracterizó la Modernidad, lo que no impidió la notable presencia de elementos religiosos dentro de las revoluciones, como la propuesta de un novus ordo seclorum abierto por la Declaración de Independencia norteamericana. Como sabemos, los procesos de secularización que provocaron la separación de las esferas del saber (antes regidas por el principio religioso) según valores propios dieron lugar a un proceso inverso y complementario de resacralización de esas mismas esferas autónomas –y que en el discurso revolucionario se condensa en el mesianismo utópico, en el advenimiento de una nueva era, en el nacimiento de un hombre nuevo–. Es la revolución misma la que porta y se ofrece como una nueva religión secular –y no sus lazos con las instituciones cristianas–.

Asimismo, el relato revolucionario exige una conducta religiosa por parte del militante: una entrega del creyente a la causa de los débiles, la solidaridad con el otro, el olvido y alejamiento de los intereses egoístas, la austeridad del asceta, el sacrificio del mártir, el compromiso del fervoroso, la mística del militante y el rechazo a la disidencia. Todo lo cual implica una purificación del yo, de sus intereses de clase, de sus pulsiones egotistas, de la mezquindad de su pequeño mundo material, tal como aparece en la figura del “hombre nuevo” roturada por Ernesto “Che” Guevara en “El socialismo y el hombre en Cuba” (1965). De este modo, la traición y el desencanto frente a la militancia revolucionaria arrastran esta considerable carga religiosa.

La diáspora se articula en torno a esta escena doble de la traición (Ana María y Roque Dalton) y sus consecuencias en varios personajes representantes de dos tendencias dentro de la militancia: por un lado, la posición de quienes colaboran y participan no en la lucha armada sino en instituciones político-culturales como la Agencia de prensa Presal del Partido o el Comité de Solidaridad, tal es el caso del ex militante y futuro escritor Juan Carlos, del escritor frustrado Gabriel y del músico el Turco; en cambio Quique es el guerrillero, el hombre de armas, para quien la lucha en el monte lo es todo.

Juan Carlos (seudónimo de Mario Antonio Ortiz), el protagonista de La diáspora, arriba a México luego de su ruptura con la militancia con la intención de tramitar el estatuto de refugiado de ACNUR y así poder exiliarse en Canadá. Se encuentra en un entretiempo entre el pasado del compromiso político –“Ocho años, ni más ni menos, quedaban en el camino” (26)– y un futuro en el exilio en el cual debe “rehacer su vida” (39). En este entretiempo planifica dedicarse en el futuro a la literatura;6 se trata de la proyección de una escena de iniciación literaria luego de las diferencias con la militancia. Reflexionando sobre el pasado irá revisando diversos aspectos de la izquierda revolucionaria salvadoreña, desde la traición interna hasta ciertos conflictos del Partido con los artistas, intelectuales y escritores, en un denso proceso de autocrítica.7

Los “sucesos de abril” que sacudieron la integridad de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) con el asesinato de Ana María y el suicidio de Marcial, emblematizan la pérdida del aura del proyecto revolucionario para Juan Carlos, pues ellos “le habían trucidado su fe militante” (15) y le abrieron “de golpe una zanja interior” (130) con la sensación de “caer en un abismo oscuro” (132), de que “algo se había roto” (125). Porque esta ruptura se ejerce, como adelantamos, sobre una matriz religiosa que sostiene el mito de los próceres revolucionarios, la alianza entre las clases y entre los militantes, y el proyecto liberador y redentor:

Ambos eran, pues, un mito, los próceres revolucionarios, el vínculo con toda una tradición de lucha y conspiración, los ancianos sabios, el símbolo de la esencia proletaria y popular de la revolución salvadoreña [...] una organización que hasta abril de 1983 se consideraba la expresión genuina de la moral revolucionaria, la heredera de los principios del marxismo-leninismo, la destinada a liberar al pueblo salvadoreño, la verdadera manifestación de la alianza de clases obrero-campesina.” (124)

De allí el empleo de un vocabulario con tintes religiosos, la presencia de un imaginario bíblico de la caída del Paraíso, de la culpa, de la mancha del pecado e incluso la dimensión cósmica (apocalíptica) de los sucesos: Juan Carlos

experimentó una desoladora sensación de orfandad, de desamparo. También fue víctima de un sentimiento de culpa, de pecado (porque los Caínes estaban dentro de ellos). Se trataba de una enorme conspiración metafísica, que había movido fuerzas incontrolables, insospechadas, y de pronto los había transformado de inmaculados ángeles revolucionarios en vulgares seres humanos, tan criminales como sus adversarios.” (124)

Este párrafo exhibe el proceso de sacralización que convierte a vulgares seres humanos en ángeles revolucionarios y es allí donde la traición –tan común entre los vulgares seres humanos– se vuelve intolerable.8

Para el caso del poeta Roque Dalton se expone el mismo quiebre de índole sacra, ya que Roque Dalton era para Gabriel no solo un paradigma nacional, la síntesis de la creación literaria y el ensayo político, la reunión de la teoría con la práctica revolucionaria, la fusión de la vanguardia artística con la vanguardia política. Dalton se levantaba además como un mito cuya muerte tenía la dimensión de “una tragedia de trascendencia universal” (146) provocando en Gabriel la “pérdida de la inocencia” (149).

Los desencuentros entre los intelectuales y los guerreros
Más allá de insistir en la escena de la traición, esta novela recorre, en un proceso de autocrítica, varios otros aspectos del movimiento revolucionario salvadoreño. La dificultad del Partido para integrar a los militantes respetando sus intereses personales muestra la estrechez que rige su organización, en especial cuando remite al arte, tal como sucede con el Turco y con Gabriel. Forma parte de una conocida disputa padecida por el entorno de la revolución cubana entre los escritores e intelectuales “revolucionarios” y los “comprometidos”, que pone en juego una serie de cuestiones, entre las que destacan el difícil rol que un escritor o intelectual puede cumplir en el interior de un proceso revolucionario al colaborar con su “pluma” pero no con el “fusil”, lo que ha sido calificado como “el pecado original de los intelectuales” (Guevara 1965), aquello que les impide ser considerados auténticos revolucionarios. En ciertas ocasiones, Quique suele traslucir esta posición antiintelectualista cuando antepone el valor, el arrojo, la valentía necesaria en el campo de batalla a las elucubraciones intelectuales de los políticos: “su situación, en un principio, resultó difícil, ya que los otros integrantes del colectivo eran de origen pequeño burgués, intelectualoides muy dados al palabrerío impresionante” (106).9 Otro de los motivos de incomodidad del intelectual es su característica posición crítica, la necesidad del debate, las complejidades de sus posturas que nunca terminan de encajar en el verticalismo ideológico del revolucionario, aun cuando declare su compromiso con la causa.

La moral austera y pacata que castiga la bebida y la “mota” los convierte en “monjes” –otro perfil de la institución religiosa que requiere la sumisión a sus creencias, reglas y prácticas–. El sistema de control y vigilancia de los mínimos movimientos de los militantes –como le acontece a Juan Carlos– y la exigencia de una incondicionalidad total en la que sólo permanecen los “que dicen sí a todo” (15) es otro de los motivos de queja. Los choques entre las diversas organizaciones guerrilleras que se unieron para formar el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional); las dificultades para lograr un equilibrio entre el trabajo interno y el internacional; los desencuentros entre los encargados de conducir diariamente la guerra dentro de El Salvador y los máximos jefes radicados en Managua, entre otras cuestiones, constituyen objetos de la mirada crítica.

Asimismo se exponen las tensiones entre el ala política, que reclama la necesidad de debatir, de mediar en las relaciones entre los diversos sectores, más atenta a los conflictos políticos, y el ala guerrera, que exige dureza y tiende a resolver los conflictos sin discusión y por medio de las armas mediante un verticalismo cuya lógica es el mandato y la obediencia, y que se muestra como un mecanismo “diseñado únicamente para tirar tiros y cumplir órdenes” (37). Esta tensión se visualiza en la contraposición entre el miliciano Quique y el resto de los personajes vinculados a la cultura, tales como: Juan Carlos, quien colaboraba primero en el Frente Universitario en El Salvador y luego en el trabajo de solidaridad en Managua ya que “nunca he sido hombre de armas” (29); Gabriel, quien se separó del partido cuando éste le exigió abandonar su trabajo docente para dedicarle tiempo completo a su colaboración en la oficina de prensa revolucionaria (20); y el Turco, cuya música (jazz) no encaja con el gusto de los revolucionarios (emblematizado en la nueva trova cubana) y quien además quiso seguir bebiendo y fumando mota, “una afrenta para los curas del partido” (36). Quique López, en cambio, representa la figura del guerrero y su historia se desenvuelve en el cruce entre dos líneas temporales: una que viene del pasado y en la cual Quique se forjó como un guerrillero desde 1979, y la otra línea situada en el presente de 1984, en el que Quique tramita en México exitosamente su regreso a El Salvador y su reincorporación a las filas guerrilleras (en un contrapunto con la “diáspora” de Juan Carlos) y que es también un tiempo de espera, un entretiempo, en el cual repasa su pasado como guerrillero y proyecta en el futuro reasumir su condición miliciana: “se convertirá en lo que siempre quiso” (71). Este personaje despliega un imaginario en torno al combate, a las armas, a la violencia, refractante a los debates políticos en cuyos vericuetos se pierde, rememorando su gusto por el monte y la selva frente a la ciudad en la que se siente descolocado. Por ello, frente a los “sucesos de abril”, Quique se muestra inmune: “parecía como si la crisis hubiera pasado a su lado, sin tocarlo, como algo que nada tenía que ver con él [...] supo que cualquier vacilación en ese momento se le revertía como impedimento para su regreso a la guerra” (108). En Quique se condensa sutilmente cierta crítica a las armas que termina por acercar la guerrilla a sus enemigos militares cuando se presenta su ambivalencia entre el militarismo de los escuadrones de la muerte de su primo Renato y el militarismo de la izquierda de su otro primo, Lucrecio, que solo se resuelve de un modo casual (y no a través de una decisión política-ideológica) cuando Lucrecio es atacado por una disputa sobre mujeres. Es el militarismo, el impulso guerrero, la celebración de la violencia y de las armas, el punto de confluencia entre guerrilleros y militares, tal como se lee en el cuento “El gran masturbador”: “los segundos [guerrilleros] surgieron para combatir a los primeros [militares], pero a medida que su lucha se ha ido prolongando, se parecen cada vez más a sus enemigos” (53).

Sexo y Revolución
Los conflictivos vínculos entre la militancia con su moral austera y la sexualidad con su placer es otro de los focos críticos favoritos de la narrativa de Horacio Castellanos Moya que es posible encontrar en los cuentos reunidos en Con la congoja de la pasada tormenta. Casi todos los cuentos. En “Informe” (1987) constituye su eje: el narrador, Prudencio Pérez, descubre un informe escrito por Julia –una de las mujeres del grupo de cuatro guerrilleros salvadoreños (dos hombres y dos mujeres) que hace unos meses se mudaron al lado de su casa– en donde se describe la infracción a las normas de la militancia que dos de los compañeros de Julia cometieron al mantener una relación sexual por fuera de sus correspondientes parejas, una contravención agravada ya que “los dos tienen a su compa en el frente de guerra, combatiendo” (136).10 Así el placer sexual es juzgado como un comportamiento “pequeño burgués” y condenado desde los parámetros de fidelidad según el modelo del matrimonio heterosexual, lo que constituye una curiosa paradoja.11 El embarazo de Julia no es un dato menor ya que ilustra el carácter productivo de la sexualidad –afín al ideario revolucionario– frente y contra el mero placer sexual improductivo.

La ética guerrillera y la moral del “hombre nuevo” guevariano (Guevara 1965) –más allá de sus diferencias– coinciden en valorar la productividad en sus diversas manifestaciones, desde el trabajo productivo hasta el sexo reproductivo, como una vía para superar el subdesarrollo y los vicios de la sociedad burguesa en América Latina. Celebran el espíritu del trabajo, el trabajo voluntario, los oficios manuales y el esfuerzo colectivo volcado a la producción; el rigor, la fortaleza, el empeño, la voluntad, la responsabilidad y el deber necesarios para la batalla contra el enemigo y para la instauración del socialismo; la educación y la razón como vías para sacar al continente de su atraso y dependencia. Todo lo cual implica una crítica profunda a cierto estereotipo del latinoamericano sensual que celebra el relajo, el goce, el ocio, las mujeres, el baile, el alcohol, la vagancia, los vicios y la fiesta, y que ahora frente a la revolución resulta una rémora. Los textos de Castellanos Moya impugnan constantemente esta absurda polarización y su carácter rígido y estereotipado.

Otra de las cuestiones que el relato aborda es todo el sistema de vigilancia, control y justicia que tienen las organizaciones guerrilleras, una verdadera institución que implica la obediencia a determinadas normas de conducta, el cumplimiento de las mismas, el deber de delatar a los militantes que no las acatan, la posibilidad de reconocer la falta y realizar una “autocrítica” por parte del inculpado y en última instancia la realización de un juicio y el correspondiente castigo que puede llegar hasta el fusilamiento. Julia es quien ocupa este lugar de la justicia interna del grupo clandestino, ella sigue todos los pasos: la vigilancia nocturna y la advertencia de la contravención a la ética militante por parte de los amantes; la invitación a los acusados para que reconozcan y hagan una autocrítica, y la denuncia final a las autoridades superiores a través de un “informe”. Todo lo cual toca uno de los temas fundamentales que es la tensión entre la libertad del individuo y las exigencias de la comunidad de los militantes.

Es posible contraponer dos figuras que encaran de diverso modo la sexualidad en los textos de Castellanos Moya. Por un lado el perfil del “monje revolucionario” (La diáspora) y por el otro el del “gran masturbador”. En “Percance” (1987) –que apunta a una fallida erección por parte de Juan Ramón– se alude al monje revolucionario con su moralismo estrecho sobre el sexo y con su hipocresía, lo que provoca la salida de Eloísa de la organización: “Una cosa es la disciplina político-militar y otra el moralismo estúpido” (Perfil 190). Significa también una crítica a la imagen de virilidad del guerrillero fundada en un ideario militarista y machista característico de esta comunidad de hombres, que celebra la dureza, el sacrificio, la guerra, la violencia, la muerte, la valentía y la capacidad para soportar las difíciles condiciones de la lucha y de la disciplina militar, cuestión que reaparece en más de una oportunidad.12

Castellanos Moya se empeña en llevar a los guerrilleros a la cama, en explorar sus comportamientos amatorios y sexuales, en desplazarlos de la lucha hacia sus complicados, traumáticos y no siempre exitosos vínculos sexuales, y también en observar detrás de la militancia la presencia femenina, tal como expresa Roque Dalton en el epígrafe de este relato: “Mi verdadero conflicto hondureño-salvadoreño fue con una muchacha” (187).

En “Idéntica a Edwige Fenech” (Perfil 1987) se produce una escisión en la conducta sexual –muy al estilo de Juan Carlos Onetti– entre una escena casi abyecta y cobarde que ocurre en el plano de lo real, y una reparación a través de la imaginación.13 El protagonista y narrador, un militante que se encuentra en Costa Rica llevando a cabo tareas en la clandestinidad, ve en el autobús a una muchacha que se vuelve objeto de su deseo. Mientras en el plano de lo real apenas si “se restregó contra el cuerpo de ella” cuando bajan del autobús (209), él imagina una “estimulante mentira” (193) en la cual llega a conquistarla y mantener un vínculo sexual aunque debe cerrar los ojos para no ver “el feo y lastimoso rostro de Irma” (208). El juego entre ambas perspectivas se articula en base al cruce de dos voces: la del protagonista despliega la imaginación y la de la muchacha repone lo real. La vida en la clandestinidad y al servicio de la rutina de la militancia (“Esa mañana me dirigía a un contacto”, 195) suele disparar estos “sucedáneos sexuales” (193).

Frente a estos “monjes revolucionarios” se alza como su contrapartida el “gran masturbador”, con su fuerte pulsión sexual, con su despliegue de los sentidos, con su obsesión por el deseo, con su reclamo por los derechos del individuo, todo lo cual lo distancia del militante de izquierda. En varias ocasiones, sin embargo, el disfrute choca y se quiebra tanto frente a la ética del militante como ante la experiencia de la violencia radical. Gran parte de la obra de Horacio Castellanos Moya nos habla de este cortocircuito entre el deseo del goce y su imposibilidad (entre el principio del placer y el principio de realidad). En el relato homónimo, la figura del gran masturbador se coloca como una tercera alternativa frente a los animales (los militares) y los locos (los guerrilleros) enfrentados en la guerra civil que asola la ciudad, como la posibilidad de configurar un espacio por fuera de esa lucha. Mientras los animales son bestias salvajes, sanguinarias, voraces, los locos, que surgieron para combatirlos, se parecen cada vez más a sus enemigos –nos dice el narrador– y en medio de ambos deambula una raza de escépticos, apáticos, contempladores y víctimas de la acción, agrega (53). Dentro de este último grupo podemos colocar al gran masturbador, que se recorta como la figura del escritor que, por un lado, se sitúa por fuera de la participación en los bandos que la guerra enfrenta, prefiere la escritura a la violencia radical, apuesta por la literatura y no por la política y es un escéptico que contempla la destrucción provocada por estos combates. Por otro lado, procura sustituir el primer relato político sobre el enfrentamiento, el secuestro, el espionaje, la vigilancia, la tortura con el segundo relato erótico en torno a Viviana, es decir, intenta imaginar una ficción erótica que venga a salvarlo de la destrucción circundante, del sinsentido y el absurdo continuo aunque esta sustitución resulta imposible y deviene solo una prótesis, una excusa para poder “transcurrir otra noche de bombazos y apagón” (72). Como figura de escritor, el gran masturbador se distancia del lugar de la víctima, del perfil del militante de izquierda o del intelectual comprometido de los sesenta.14

Revolución y justicia: el crimen pasional encubierto
Otro de los focos que cobra protagonismo en los relatos de Castellanos Moya es el sistema de justicia que imparten las organizaciones guerrilleras con sus propios miembros. Como ya adelantamos en el análisis del cuento “Informe” se trata de una gran ingeniería que procura a través de la vigilancia, de la delación, de la autocrítica, de los juicios internos y los castigos, controlar las inobediencias, los abandonos, las críticas, las disidencias y las traiciones. En este espacio de la justicia aparece reiteradamente el motivo de lo que podemos llamar el “crimen pasional encubierto” en los relatos de Castellanos Moya: se trata de aquellos juicios, condenas y castigos por traición –llevados a cabo por la dirigencia de las organizaciones guerrilleras– que en realidad ocultan un conflicto por mujeres, que son pantalla de disputas pasionales. En este caso no se trata solo de criticar un sistema de justicia que carece de garantías, además está en juego la necesidad de activar otra justicia que permita absolver a quien fue tan aviesamente acusado y limpiarlo de su condena por traición.

El caso de Roque Dalton es emblemático en este sentido, constituye el centro y el nudo, el punto de partida, el motivo y la razón de las críticas de Horacio Castellanos Moya a las organizaciones guerrilleras y por ello la figura de Roque Dalton reaparece constantemente. En “Poema de amor” ( 2009) se desarrolla este motivo del crimen pasional encubierto en la persona del poeta Roque Dalton, quien entabla una relación amorosa y sexual con Lili, la mujer del jefe del grupo guerrillero de El Salvador llamado el Choco. Este decide castigarlo bajo la acusación de ser un traidor, de ser un agente de la CIA infiltrado en las filas guerrilleras.15 De este modo reconvierte un “pleito de faldas” en un “pleito político”. La denuncia que supone este relato –emblematizada en el “secreto” que el narrador le cuenta a Patojo, un periodista de la sección cultural, para que escriba un relato– no solo atañe a la necesidad de esclarecer el hecho sino también a la voluntad de hacer justicia exculpando al poeta de haber cometido traición y acusando al Choco de haberle tendido una trampa, de utilizar la justicia para una venganza personal. Nuevamente estamos frente al secreto de una “memoria perturbadora” que despierta en el narrador un constante temor a hablar, a ser escuchado, una verdadera paranoia: “no me gusta el ambiente, lo siento cargado, huele feo, nos quieren cuadricular” (177) y que se muestra como una mancha, una crítica al imaginario de héroes, mártires y salvadores: “por creer en pajaritos preñados le tocó que esa misma guerrilla lo matara acusándolo de traidor, de infiltrado, vaya final. Aquí está tu pureza, le han de haber dicho antes de matarlo” (184).

Pero además la relación conflictiva entre el Poeta Roque Dalton y el Choco, “militarote de izquierda”, abre diferencias y desacuerdos en el interior de los grupos guerrilleros entre la sensibilidad del poeta hacia el arte, el despliegue de su erudición, su libertad sexual, el gusto por los viajes, su rechazo de ciertos convencionalismos morales y su interés por desarrollar un movimiento de masas, mientras que el Choco estaba abocado a las tareas del guerrillero, acostumbrado a la vida clandestina y defensor de una línea militar. Son los desacuerdos entre el poeta, el escritor, el artista o el intelectual comprometido y el militante que se han reiterado desde la revolución cubana. Siempre está la pregunta por el lugar del poeta en el interior de la revolución.

Este relato no deja de ser, además, una condena a las costumbres amorosas y sexuales dentro de las organizaciones guerrilleras que dificultaban la constitución de vínculos. En la poesía de Roque Dalton citada en el epígrafe hay un reclamo por la posibilidad del amor entre compañeros de combate.16

Autoficción: las figuras del desencanto
Los textos de Horacio Castellanos Moya están plagados de acontecimientos, de personajes, de eventos que refractan la vida misma de su autor. Marcan una potente imbricación entre vida y literatura, como si Castellanos Moya continuara (luego de su desencanto con la izquierda armada) su participación en la política a través de la literatura. En muchas ocasiones, sus relatos presentan narradores y/o protagonistas que fungen como un alter ego, como autoficciones en las cuales recupera elementos autobiográficos que a su vez intercala con nudos ficcionales. Configuran un foco desde el cual se mira, describe y analiza el contexto político-social, desde el cual se formula la crítica a la izquierda revolucionaria. Pero también dan forma a una galería de rostros que traducen los desencuentros entre el pasado revolucionario y el derrumbe del presente. Suelen estar atrapados entre el compromiso del militante y el desacomodo del individuo (prófugo); entre la pulsión por la tierra natal y el rechazo a su historia de violencia (apátrida); entre la épica de la izquierda armada y el desencanto de su praxis (melancólico); entre la energía de la fe revolucionaria y el hastío del descreído (indolente).

En “Perfil de prófugo” (1987), la figura del prófugo da cuenta de algunas de estas tensiones ya presentes en los años ochenta, en especial el choque en el protagonista entre la decisión de exiliarse a Toronto y el deseo de regresar ante los conflictos políticos, de remontar el cordón umbilical. En la elección del exilio habita un profundo rechazo a las políticas violentas y fratricidas que sacuden a varios países de América Central, a una historia atravesada por las matanzas, los crímenes políticos, la presencia de la casta militar. Pero en el exilio de Toronto no logra encontrar un espacio donde habitar, se siente un extraño, un extranjero, muy distante de la cultura de la indolencia que percibía en el campus universitario. Además, en este exilio voluntario, el protagonista siente el deseo de volver a su país, convocado por las demandas de la política en plena crisis, de la militancia, del compromiso, de la ilusión y la esperanza, del origen y la tierra natal, del trópico: “¿Cuántas veces había repetido ese instante, solo de cara a la penumbra, en ese cuarto piso, con la conciencia agujereada por las cartas de amigos que reclamaban mi presencia en su historia de dolor y sacrificio?” (16). Atento a los vaivenes de la política de su país se encuentra sacudido por la culpa de haberse ido: “si yo hubiera estado dispuesto a acomodarme, tal lejos de mi ombligo zozobrante, con mi conciencia libre de alfileretazos” (17).

Pero este retorno ya muestra algunas grietas que se verbalizan claramente en las advertencias del catalán al protagonista sobre su carácter escéptico, su tendencia al hastío, su propensión a la duda y al cuestionamiento que lo alejan del modelo del militante de izquierda, sobre los fáciles deslices verbales hacia el martirologio y el heroísmo cristiano.17 Así, el exiliado se convierte en prófugo, en alguien que ha huido de su país, de la militancia, de la “historia de dolor y sacrificio” (18) pero sigue siendo acosado por ese nudo de la historia que reclama su presencia y le señala su culpa; de alguien que tampoco logra establecerse en el exilio; de alguien siempre desubicado, desacomodado, en permanente fuga.

En esta línea se asimila a la figura del apátrida que rechaza la historia centroamericana vertebrada por la violencia y la intolerancia, que condena la tradición del militarismo, del machismo, del burdo nacionalismo y la desatención al arte y a la cultura. En “Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo” (1993) el protagonista se reconoce como “un apátrida”, ya que “soñaba con irse del país. Le parecía una burla del destino haber nacido aquí” (81). Hay una elección y una apuesta por otros valores, por otra historia, por otro destino en la decisión del exilio, que no se reduce a la fuga ni al simple rechazo: “mi decisión de vivir tan lejos había sido quizás un pequeño gesto de sabiduría” (84) aunque finalmente quede atrapado en la culpa, en la compulsión a explorar y comprender la “costumbre de la muerte absurda” (80).

En “Key Largo” (1995) reaparece el apátrida, quien explica “lo ventajoso de ser apátrida, de no tener ataduras, de escoger el trago que uno quiera beber” (234). Sin embargo, se vincula insistentemente con tres mujeres de nombre “Patricia” que parecen reponer la pertenencia a una “Patria” que el nombre convoca: las dos pasiones que sin duda cobran protagonismo en la narrativa de Castellanos Moya son las mujeres y la patria, la erótica y la política.18

Se trata de una figura que se vuelve central en El asco (1997), y es semejante a la voz iracunda que articulan algunos textos de Fernando Vallejo. El asco, la blasfemia, la injuria entretejen esta voz de renegado, que es el reverso del creyente, que es el desertor de todo credo nacionalista, que es el ángel caído del paraíso revolucionario. De allí que su lengua cobre dimensiones bíblicas: “era el comienzo de esta guerra de mierda que todo lo pudrió, de esta penitencia con la que el Señor nos ha castigado y nos castigará quien sabe por cuánto tiempo […] como si fuéramos una raza maldita” (“Variaciones” 1993 110).19

Otro costado del apátrida es la melancolía de quien se debate entre el deseo de regresar y la imposibilidad de habitar la propia tierra: “el regodeo en la reconstrucción de Paco fue el último intento por aferrarme a una tierra desde siempre ajena. Y mi única defensa consistía en afirmar que el destierro es un oficio propio de tipos melancólicos” (“Variaciones” 1993 109). En este relato el narrador regresa en 1990, luego de doce años de ausencia y destierro en San Francisco, a San Salvador para aclarar el crimen de Francisco Paco Olmedo, quien fuera parte de la pandilla de su adolescencia, como un modo de interrogar la violencia de la historia del presente, de procurar comprender “las cosas espeluznantes que este país hizo con sus hombres” (79). La melancolía (LaCapra 2008) en tanto incapacidad de aceptar la pérdida y enterrar el deseo, en tanto imposibilidad de alcanzar el duelo, es un proceso que deja la “herida abierta”, que no encuentra punto de reposo; supone lo que el narrador denomina la “enfermedad de la memoria” (107) que lo ata a la trágica historia reciente y a su país; que lo conduce a hurgar obsesivamente en el pasado.

La indolencia aparece como otro flanco del proceso de desilusión y desencanto ante la experiencia de la historia de violencia radical: es la apatía, el hastío, la falta de sentido de la vida, tal como aparece en “Torceduras” (Castellanos Moya 1993). Tanto el narrador como la muchacha —que termina suicidándose— comparten el mismo sinsentido de la vida como consecuencia del imperio de la violencia: si en la joven el mal le viene de su padre militar, en el narrador se trata del desencanto de la izquierda. Este personaje lleva las astillas del cínico y podemos asociarlo al personaje onettiano de Díaz Grey, descreído y burlón ante los afanes de los hombres. Ella, en cambio, está atravesada por el vacío, por una “herida purulenta”, por una “llaga”; está atrapada, en una mirada ausente, en la inmovilidad, en la falta de proyectos: es una sonámbula, es un desecho. Se trata de la “torcedura” de la historia reciente: “ella no era eso. Estaba la mierda en sus varias capas, únicamente” (216). Ambos comparten la misma carencia y el mismo desarraigo “No hay donde quedarse”, no hay de donde “agarrarse” (220).

En la novela “Indolencia” (2004) el protagonista ya exhibe su costado cínico, producto de la pérdida de las ilusiones que permearon su adolescencia “repleto de fe e ilusiones esotéricas” (13) y que ahora rechaza: “las ilusiones eran peligrosas, capaces de corromper lo poco, de arruinar lo apenitas” (11). Desencantado de todo, ha abandonado su trabajo y su familia para mudarse momentáneamente al departamento de una compañera de oficina “como si me hubiera desenchufado de lo que le da sentido a la vida” (11), y no cesa de mofarse del “nidito de amor”, de esa “estupidez llamada hogar” para solo reconocer el impulso sexual como el último resguardo: “apelando a la carne, a lo incuestionable, sabiduría de siglos, certeza de que la erección estaría allí, inevitable” (11). Es el saber del gran masturbador.

Estos rostros del prófugo, del apátrida, del melancólico y del indolente sustituyen desde la década de los ochenta a las figuras del militante, del guerrillero y del hombre nuevo acuñadas en los sesenta en torno a la ola de revoluciones latinoamericanas. Son diversas figuras del desencanto que porta el ángel caído del Paraíso revolucionario. Conforman la contracara del proceso de sacralización, de encantamiento, de auratización que vimos arriba, constituyen su desmoronamiento en el contexto de la derrota de la izquierda revolucionaria.

La posguerra: el desencanto y las políticas de la memoria
En Castellanos Moya este proceso de quiebre de la fe revolucionaria, de pérdida de una causa sagrada, de una política de emancipación y salvación es el centro, es el eje y es el inicio de gran parte de su narrativa, lo que supone un corte en el interior del campo cultural latinoamericano conformado en torno a la revolución cubana y sus derivaciones en el continente, y marca un giro hacia las narrativas de la derrota, del desencanto, del desarme, tal como las hemos llamados en otra oportunidad.20 Sus textos significan una ruptura tanto de las narraciones románticas del idealismo revolucionario como de la épica heroica y sacrificial del guerrero en el campo de batalla (con la muerte bella y la violencia sublimada). El “desencanto” va a adquirir diversas modulaciones estéticas en sus novelas y relatos posteriores, desde el “asco” hasta el cinismo, desde la melancolía hasta la burla.21 Beatriz Cortez, en Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura centroamericana de posguerra (2010), señala en el contexto de la posguerra en Centroamérica –iniciado con el final del periodo sandinista en Nicaragua (1990) y la firma de los acuerdos de paz en El Salvador (1992) y Guatemala (de 1991 a 1996)– la emergencia de una “sensibilidad del desencanto” que va ligada a una producción cultural que define como “estética del cinismo” y que contrasta con la estética utópica de la esperanza que ha estado ligada a los procesos revolucionarios.

El quiebre con la militancia de la izquierda armada y su desencanto serán, sin embargo, el principio de un giro en las perspectivas de Castellanos Moya, serán el punto inicial para configurar ciertas políticas implementadas desde la escritura literaria y vinculadas a las demandas de la memoria. En este sentido, los textos que hemos analizado se inscriben en las políticas de la memoria ampliada, ya que revisan críticamente las propuestas, las acciones, los imaginarios, los acontecimientos y los personajes que intervinieron en la izquierda armada centroamericana, y hurgan en las entrañas de las memorias perturbadoras, dando a conocer los crímenes dentro de las agrupaciones guerrilleras. Hay un reclamo de verdad y justicia a propósito del poeta Roque Dalton: su caso no ha sido aclarado ni la justicia lo ha procesado ni ha encontrado a los culpables; por el contrario, el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo)22 ha sacado varios comunicados donde Roque Dalton es acusado en una oportunidad de traidor por ser un agente de la CIA infiltrado en ese grupo y en otra de agente cubano infiltrado en el ERP, para posteriormente trascender que su muerte se produce en medio de una pugna entre los sectores militaristas y políticos del ERP. La diáspora termina afirmando lo siguiente: “A diferencia del caso de Ana María y Marcial, hasta la fecha no se ha capturado ni juzgado a nadie por el asesinato de Dalton. Tampoco se han revelado públicamente los nombres de los autores intelectuales y materiales del crimen, ni la forma en que fue ultimado” (142). En este caso, el desocultamiento de las memorias perturbadoras en torno al poeta Roque Dalton se ejerce en nombre de la verdad y la justicia.23

Obras citadas
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---. El Gran Masturbador: Relatos. San Salvador: Ediciones Arcoiris, 1993. Impreso.

---. “La guerra: un largo paréntesis.” La metamorfosis del sabueso. Ensayos personales y otros textos. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2011. 11-19. Impreso.

---. Perfil De Prófugo. México, D.F.: Claves Latinoamericanas, 1987. Impreso.

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Vezzetti, Hugo. Sobre la violencia revolucionaria: Memorias y olvidos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2009. Impreso.

Notas
1 El concepto de “autocrítica” remite, en una de sus versiones, al procedimiento exigido por los partidos comunistas a sus miembros a través del cual estos reconocen, en un acto público y ante las autoridades del Partido, los propios errores cometidos. Esta práctica adquirió, en determinadas circunstancias, tintes sombríos y extremos, como en las llamadas “purgas” estalinistas en las que se sometía bajo coacción al sospechado disidente a reconocer su propia traición para salvaguardar la causa del socialismo. En cambio, aquí nos referimos al concepto marxista de “autocrítica” que en principio se originó como una vía para resolver las contradicciones dentro de la dialéctica marxista y así poder reconducir los procesos históricos y revisar las propuestas ideológico-políticas de la izquierda. Este concepto se ha extendido y generalizado para referir al análisis y revisión realizada desde la misma izquierda, una vez que se ha completado en alguna medida un ciclo histórico, en este caso vinculado al despliegue de la izquierda armada en América Latina. En este sentido, resulta interesante la perspectiva de Peter Bürger (1987 60-70) cuando considera la autocrítica como una vía que posibilita las “comprensiones objetivas” de estadios anteriores de desarrollo de los subsistemas sociales, permitiendo un estudio del proceso completo en la medida en que este ha alcanzado una conclusión siquiera provisional (61-62).

2 Dice Portelli: “Sobre el plano de la memoria pública, el olvido sobre las foibe permite que sean los herederos no arrepentidos del fascismo quienes las evocan e imponen su conmemoración, que las usan en oposición a la memoria de las masacres nazis y fascistas, construyendo versiones exageradas e instrumentales que utilizan para deslegitimar no sólo la memoria de la Resistencia, sino toda la construcción democrática que derivó de ella. Por otro lado, de la memoria de la Resistencia como lucha armada se apropian grupos terroristas como las Brigadas Rojas, bajo la forma de legitimación de la violencia y del homicidio, más allá del contexto histórico” (8).

3 Copio otra cita de Portelli: “Lucia Ottobrini, una mujer profundamente religiosa que durante la ocupación nazi hizo muchas operaciones de guerrilla armada, lo resume todo con estas palabras: ‘Durante la Resistencia yo pensaba: es como si estuviera transgrediendo, me daba vergüenza dirigirme a Él [a Cristo]. Si lo pienso después, digo: que extraño, ¿era realmente yo la que hacía esto?’” (8).

4 Asimismo Vezzetti analiza ciertos momentos claves de un debate y una crítica sobre la guerrilla por parte de la izquierda argentina: durante el período democrático de 1973 a 1976; en la revista Controversia (1979-1981) publicada en el exilio mexicano, y en ciertas intervenciones iniciadas a fines de los 90.

5 En varios momentos de esta novela, así como en otros textos de Castellanos Moya, se reitera esta escena como un síntoma de la memoria incapaz de olvidarse: “el hecho de que compañeros de su misma organización fueran capaces de cometer un asesinato de esa naturaleza” (123).

6 Este giro hacia la literatura se hace explícito con la voluntad de leer La broma de Milan Kundera y las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar; con la decisión de continuar y finalizar su carrera en Canadá, y con el proyecto de escribir una novela sobre su experiencia personal en la política retomando la fugaz ambición de ser escritor acuñada en sus tiempos de estudiante. Este desplazamiento significa una ruptura con la militancia pero a la vez una recuperación de esa experiencia en la izquierda revolucionaria como eje de su literatura.

7 La trayectoria de Horacio Castellanos Moya –si bien tiene puntos de contacto con la de Juan Carlos– es más compleja, ya que, tal como explica en “La guerra: un largo paréntesis” (2011 11-19), en sus comienzos forma parte de un grupo de jóvenes poetas nucleados en torno a la revista El Papo-Cosa Poética. Dada la creciente represión política, algunos jóvenes resuelven sumarse a las filas de la militancia revolucionaria mientras él decide exiliarse (febrero de 1979) en Toronto para allí estudiar en la Universidad. Frente a la creciente espiral de violencia y ante las noticias de sus compañeros que reclaman con urgencia su presencia, Castellanos Moya regresa antes de cumplirse el año. En 1981 viaja a México, donde asume la jefatura de redacción de la agencia de prensa que había instalado el movimiento guerrillero en esa ciudad, pero no durará mucho en ese trabajo. Es a causa de los “sucesos de abril” de 1983 cuando abandona sus vínculos con la izquierda armada –“yo salté del barco” – para dedicarse al periodismo y a la literatura.

8 En ciertos personajes se critican otros aspectos religiosos que se vinculan a hábitos de conducta, valores y comportamientos que suelen ser motivo de burla en los textos de Castellanos Moya, como el caso del Negro, quien “era un pinche creyente que nunca dejaría de militar, el típico burguesito que pasaba de la orden jesuita al Partido” (39), quien “no perdía su estilo de cura, de buen confesor” (58).

9 Cfr. también la siguiente cita: “Él está seguro, sin embargo, que una cosa es echarse el rollazo fino sobre la situación de la guerra, como hacen Fausto y el Negro, y otra poder conducir a una media docena de hombres en medio de los cachimbazos. Lo principal es esto, sin duda” (90).

10 La peripecia en “Informe” se articula en base a una ironía formulada por Julia cuando sostiene que mientras las correspondientes parejas de los infieles juegan su vida en el frente de combate, ellos se dedican al placer sexual en el interior de la casa. Sin embargo fueron ellos quienes realmente estaban en peligro y les tocó la muerte cuando a medianoche irrumpieron las Fuerzas Armadas y acabaron con sus vidas. De modo que la muerte puede ser inminente para cualquiera. El vínculo entre eros y thanatos recorre varios textos de Castellanos Moya.

11 El placer sexual y la infidelidad aparecen condenados en el interior de las normas del militante: “Eran gemidos de placer. Entonces me dio mucha rabia, porque tanto Alfonso como Margarita tienen pareja y obviamente estaban haciendo el amor, violando los principios morales de una organización revolucionaria como la nuestra” (135).

12 En “Némesis” se cuestiona la “virilidad” en la imagen ya no del guerrillero sino del militar, del capitán Guillermo Guerra, quien imparte una férrea y dura disciplina militar llena de autoritarismo, sometimiento y vigilancia con el fin de educar al combatiente para luego descubrirse que violaba a los niños (El gran masturbador).

13 La presencia de la literatura de Juan Carlos Onetti es notable en los textos de Horacio Castellanos Moya. En “Idéntica a Edwige Fenech” si bien se cita en el epígrafe un fragmento de Para una tumba sin nombre, en realidad el cuento puede leerse como una reescritura de una escena de El Pozo en la cual el protagonista repara a través de la imaginación una escena sexual violenta y abyecta con Ana María, imaginándola desnuda y amorosa en una cabaña. Esta tensión entre un “suceso” de la vida real marcado por el fracaso y una “aventura” (por parte de la imaginación y de la ficción, por parte de la “mentira” de la literatura) que viene a reparar la herida, constituye una lógica que Horacio Castellanos Moya comparte con Onetti. El cruce de diversas voces que caracteriza la obra de Onetti señalando la imposibilidad de arribar a una verdad se advierte en “Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo” (1993), en donde el contexto de impunidad es el que traba y perturba la posibilidad de resolver el caso del asesinato (en un guiño al lector onettiano, allí uno de los personajes llamado Moncho parece remitir a Moncha, de “La novia robada”). Muchos de los personajes de la narrativa de Castellanos Moya están continuamente bebiendo y acuden a bares, prostíbulos y burdeles, siguiendo en este sentido la línea de la literatura que va de Roberto Arlt a Juan Carlos Onetti. Pero por sobre todo, el tono de derrota y desmoronamiento de las ilusiones perdidas es compartido por ambos autores.

14 La pulsión del deseo en sus diversas formas siempre reaparece en los relatos de Castellanos Moya. En “Tonto y feo”, Salomón se desespera por comprar y beber una cerveza durante el viaje en auto mientras Fernanda se niega a parar para satisfacer su deseo y aun cuando chocan con el auto, él logra a través de la imaginación y el fantástico comprar y beber sus cervezas. En “El pozo en el pecho” se trata de la institución del matrimonio como freno al cumplimiento del deseo, como en tantos otros textos de Castellanos Moya. El punto máximo del deseo sexual parece cumplirse en “Amaranta” cuando el protagonista logra introducirse a partir de una penetración anal en el interior de la mujer. Pero en este relato reaparece el vínculo entre eros y thanatos, entre la sexualidad y la violencia de la historia, ya que Amaranta es un fantasma que ha sido víctima de la guerra civil y el arribo a su interior desata su angustia: “el llanto llegó, comprimido, a cuenta gotas, atascado por la angustia” (305)

15 En “Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo” (1993) el motivo del crimen pasional encubierto remite a los modos de impartir justicia por parte de los militares. En “Némesis” (1993) el capitán Ricardo Guerra intenta acusar y asesinar a Catarina bajo el cargo de espía enemiga infiltrada para de este modo ocultar sus violaciones sexuales a los niños.

16 Cito el epígrafe “A quienes te digan que nuestro amor es extraordinario/ porque ha nacido de circunstancias extraordinarias/ diles que precisamente luchamos/ para que un amor como el nuestro/ (amor entre compañeros de combate)/ llegue a ser en El Salvador/ el amor más común y corriente/ casi el único” (2009 175).

17 El protagonista también deja entrever cierto tono escéptico cuando describe su regreso desplazando la idea de ilusión por la de alucinación: “cuando se está a punto de quemar las naves, sin otra certeza que la propia alucinación” (15).

18 Celina Manzoni (2013) analiza detenidamente ciertos cruces entre la sexualidad y la política en los cuentos de Horacio Castellanos Moya.

19 Se trata de la maldición de Lena en la novela Desmoronamiento (2006): “su maldición era que errarían sin patria ni posesiones lo que les quedaba de vida” (207), que hace del sujeto un eterno prófugo, exiliado e inadaptado que se niega a participar en la historia violenta pero que no logra ni liberarse de ella ni anclar en otro proyecto, deseo, territorio.

20 Ver la “Introducción” al volumen Derrota, melancolía y desarme en la literatura latinoamericana de las últimas décadas, (Teresa Basile y Ana María Amar Sánchez, eds.), número especial de la Revista Iberoamericana Vol. LXXX Abril-Junio 2014, Núm. 247, del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana (IILI), 327-349.

21 Analizo las inflexiones del cinismo-quinismo en: “Los saberes de Ismene: violencia, melancolía y cinismo en Insensatez de Horacio Castellanos Moya”, en Ironía y violencia en la cultura latinoamericana, en prensa, 2015.

22 El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) fue una organización político militar de El Salvador. Fue uno de los cinco grupos armados de izquierda revolucionaria que conformaron en 1980 el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

23 En “La guerra: un largo paréntesis” Castellanos Moya sugiere otra interpretación del caso Dalton, basándose en una investigación de Miguel Huezo Mixco, cuando afirma “Roque Dalton salió de La Habana hacia su muerte en San Salvador peleado con la burocracia cubana, enemistado en especial con la burocracia de Casa de las Américas y más específicamente con Roberto Fernández Retamar y Mario Benedetti” (2011 18). También en este mismo ensayo conjetura otra interpretación de los “sucesos de abril”: “Pero yo siempre he creído que pudo haber otra conspiración de los cubanos y los sandinistas. Salvador Cayetano Carpio, el máximo líder que tuvo que suicidarse, se había formado militarmente en Vietnam (se creía el "Ho Chi Minh de Latinoamérica", no el Che ni Fidel) y acababa de realizar una gira para reunirse con Gadaffi en Trípoli, con Tito en Belgrado y con Arafat en Beirut, a quienes les había solicitado apoyo para su proyecto radical distinto al propuesto por Moscú; pero lo más importante era que Carpio no había asistido a La Habana a dos reuniones a las que lo había convocado Castro —no hubo una tercera convocatoria—. Con la desaparición de ambos líderes, Castro tuvo a la revolución salvadoreña servida en la bandeja de Shafick Jorge Handal, el viejo mandamás del partido comunista prosoviético. Pero ése pudo ser el mundo de la alta política; en lo cotidiano aquello apestaba a estalinismo tropical” (2011 18).